12 de octubre de 2020

Los seis ciegos y el elefante



En la Antigüedad, vivían seis hombres ciegos que pasaban las horas compitiendo entre ellos para ver quién era el más sabio. Exponían sus saberes y luego decidían entre todos quién era el más convincente.

Un día, discutiendo acerca de la forma exacta de un elefante, no conseguían ponerse de acuerdo. Como ninguno de ellos había tocado nunca uno, decidieron salir al día siguiente a la busca de un ejemplar, y así salir de dudas.

 Puestos en fila, con las manos en los hombros de quien les precedía, emprendieron la marcha enfilando la senda que se adentraba en la selva. Pronto se dieron cuenta que estaban al lado de un gran elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema.

El más decidido, se abalanzó sobre el elefante con gran ilusión por tocarlo. Sin embargo, las prisas hicieron tropezar y caer de bruces  contra  el costado del animal. “El elefante  –exclamó– es como una pared de barro secada al sol”.
El segundo avanzó con más precaución. Con las manos extendidas fue a dar con los colmillos. “¡Sin duda la forma de este animal es como la de una lanza!”
Entonces avanzó el tercer ciego justo cuando el elefante se giró hacía él. El ciego agarró la trompa y la resiguió de arriba a abajo, notando su forma y movimiento. “Escuchad, este elefante es como una larga serpiente”.
Era el turno del cuarto sabio, que se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos. El sabio agarró la cola y la resiguió con las manos. No tuvo dudas, “Es igual a una vieja cuerda” exclamo.
El quinto de los sabios se encontró con la oreja y dijo: “Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano”.
El sexto sabio que era el más viejo, se encaminó hacia el animal con lentitud, encorvado, apoyándose en un bastón. De tan doblado que estaba por la edad, pasó por debajo de la barriga del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas. “¡Escuchad! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera”.
Satisfecha así su curiosidad, volvieron a darse las manos y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa. Sentados de nuevo bajo la palmera que les ofrecía sombra retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera y creían que los demás estaban equivocados.

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10 de mayo de 2020

Duelar el Ego


Dejarlo morir. Matar la humanidad. Aniquilar la carne.
Sobrevivir en alma: en amor, si todo se trata el final del día, del amor. De cuánto amor has dado, de cuánto amor te has dado, de cuántas cosas has hecho con amor y de cuántas otras has dejado de hacer por ese mismo amor. El amor que sana, el amor que nutre, el amor que salva, el amor que lava, el amor que transforma.

Es el punto en que te das cuenta que tu único derecho divino es a amar, a construir, a crear, mas nunca ha herir.
En la leyenda hindú, el Dios-Gîtâ dice: “Hijo mío, no malquieras a nadie, sé humilde,
sé compasivo”. Y eso implica: “ni siquiera, a ti”.

-¿Cómo dar amor a un otro, si no hay amor dentro, de dónde sacamos entonces el amor que nos falta?
-De la fuente, de la fuente inagotable del amor que devora.

Duelar el Ego. Aceptar la realidad tal cual es. Entender que el punto no es el error, sino su fuente. El punto no es el enojo, sino su causa. El punto no es la ira, sino la necesidad imperiosa de control, de controlar todo lo que pasa afuera, cuando adentro no hay nada. Y es ahí, en ese mismo momento, cuando lo dejamos morir.
Renunciar al apego y a la aversión. Ni lo quiero, ni lo rechazo. Porque respiro en espíritu.
Ni lo uso ni lo suelto. Ni lo amoldo ni me amoldo. Me entrego al experimento de rendirme. Me rindo: Me doy. Porque cuando me entrego a la fuente inagotable del amor que salva, brota en mi alma un amor que se da.

Y el amor entonces va y viene como una rueda de luz, que envuelve todo a su alrededor, y todo se vuelve manifestación de ese amor. Y no existe juicio y no existe necesidad de control, no existen mascaras ni formas disfrazadas de un falso sentir. Todo se vuelve amor, todo pasa a ser parte de la fuente. Y ya no hay un otro: Yo soy en ti y tu eres en mi. Lo que doy, me lo doy y es entonces, cuando dejo de exigirlo.
Soy un canal de energía divina que pasa por mi y encuentra a los otros envueltos de ese amor.

Duelar el Ego. Renunciar a las viejas creencias. Matar la carne. Dejarlo morir, arrancarse el plumaje viejo, ver con el corazón. Ya no hay peligro, ya no hay amenaza, porque si al final del día lo único que cuenta es cuánto amor hemos dado, siempre habremos ganado. 

Natalia Casco 
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